La discordia del triángulo escaleno

Trío de gatetes.

Observamos claramente: el lascivo gato de la izquierda quiere hacer un trío, el de la derecha de mirada huidiza no está conforme con la situación, mientras que el tercer gatete en discordía está acojonado. | Foto: louv.

En los últimos años he conocido, de forma más o menos cercana, a varias parejas que habían introducido en su lecho a un tercero, o que se lo habían planteado. Sí, hablamos de tríos. Un tema todavía tabú pero que está más a la orden del día de lo que pudiese parecer. Nada (o poco) tienen que ver con esto las parejas abiertas, de las que ya hablaré en otra ocasión.

Hablaba el otro día con un amigo que me confesaba que en las relaciones de larga duración, como la suya, la pasión se va diluyendo con el paso del tiempo. Me contaba que siempre le había rondado por la cabeza la idea de hacer un trío y que pensando que ahora estaba preparado para hacerlo. Pero como todos sabemos, del dicho al hecho hay un trecho. Y meter a un tercero en tu cama no es precisamente fácil, pues por muy morboso y tentador que pueda parecer, también puede ser muy dañino para una relación.

El principal problema de los tríos surge en su concepción, cuando uno, motivado por una fantasía propia y no común, arrastra al otro a tomar una decisión de la que no está del todo seguro. Normalmente sucede así, uno lo plantea y el otro o lo declina ofendido o acepta por temor a que su pareja le deje, pues ve en tal proposición un síntoma de la débil salud de su relación. Y comenzar así algo que, seguro, marcará un antes y un después en la historia conjunta no es para nada inteligente. La insistencia en este caso no es otra cosa que egoísmo.

Lo ideal sería que el miembro que tiene esta idea en su cabeza exponga de forma casual la posibilidad a su pareja, sin presionar. Plantar la semilla en la mente, y después esperar a ver si brota o no. Si lo hace podrán empezar a hablar de todas las cláusulas y pesquisas para llevarlo a cabo, pero al menos ambos estarán en el mismo punto de partida. Y si no brota, no brota. No sigas regando y regando porque te vas a enfangar.

Conocí a un sujeto que me contó, con bastante detalle, cómo comenzó a tener relaciones con terceros dentro de su pareja. Era de un carácter easy-going que espantaba, así que os podréis imaginar que en su caso fue su pareja quien lo propuso. Este sujeto de débil voluntad no quería hacerlo pero aceptó por miedo -hacía meses que apenas se acostaban y estaban perdiendo mucha intimidad- y, aunque me contaba que en el momento de marras era capaz de disfrutar y pasar un rato agradable, luego le atormentaba la idea. Confesaba que cada vez tenían menos relaciones sin ese “juguete” ajeno de por medio y finalmente pasaron a tener relaciones cada cual por su lado, generalmente a espaldas del otro. Por lo que sé, a día de hoy siguen juntos. No seré yo quien los juzgue pero sí puedo decir que no quiero eso para mí, porque aunque parezca que medianamente les funciona, sé por nuestras conversaciones que no era feliz con una situación con la que se conformaba.

Me decía mi amigo del que os hablaba al principio que él se veía capaz de tener relaciones puramente sexuales fuera de la pareja sin que significasen nada con respecto a sus sentimientos. Bien, estamos de acuerdo. Si lo pensamos fríamente, un acto puramente sexual no interfiere en el amor que le profesamos a otra persona, y si lo racionalizamos al extremo no es más que una “actividad” que compartimos con otro, como quien va a jugar al squash con un compañero del trabajo.

La coneja blanca está a punto de exclamar: "¡¡¿Qué haces besando a la lisiadaaaaa?!!"

La coneja Soraya está a punto de exclamar: “¡¡¿Qué haces besando a la lisiadaaaaa?!!” | Foto: Sërch

Sin embargo, es mucho más difícil racionalizar cuando el foco está sobre nuestra pareja en lugar de sobre nosotros. Porque los celos (por pequeños y sanos que sean) son algo arraigado en nuestra educación monógama. Yo de ti, pero sobre todo, tú de mí. Por eso es normal que pensemos, fríamente, que podríamos hacer tal cosa, pero que a la vez se nos remuevan las tripas al pensar que lo hace el otro. No es equitativo ni justo, pero sí visceral, y el amor que no sale de las tripas no es amor, es otra cosa.

Ese sentimiento de “yo lo haría, pero no soportaría que mi pareja lo hiciese” es la gran barrera con la que se topan muchas parejas cuando se imaginan haciendo un trío. Le planteaba a mi amigo escenas muy concretas, y gráficas, para ver qué le removían. Imagina a tu pareja haciendo tal con alguien, imagina cómo le hacen cual, y que encima disfrute como si nunca se lo hubiesen hecho, y ¿la próxima vez que estéis solos pensará en ti o en esa tercera persona? Y lo que antes era una fantasía ahora pasaba a ser casi un castigo.

Hacer un trío puede ser un pacto en el que haya mucho que ceder. Dejar que alguien pise “tu” territorio. Y para que la cosa funcione, esta cesión no puede ser traumática. El trío “sano” es aquel que se hace con el convencimiento del disfrute por las dos partes y no como una aceptación para evitar un mal mayor -por ejemplo, que te deje- o conseguir un bien egoísta -cumplir una fantasía-. Si con tal de realizar tu deseo aceptas que el otro haga cosas que no quieres que haga, pero prefieres hacer la vista gorda, créeme que no estás tan enamorado.

Muchas parejas disfrazan las inseguridades derivadas de esta práctica tras una interminable lista de reglas y cláusulas que muchas veces sólo evidencian la fragilidad de la situación. Que si lo hacemos sin besar, que si no damos nuestros nombres ni teléfonos, que si no podemos seguir manteniendo relación con esa persona ni repetir, que si tal o cual prácticas están prohibidas… Pormenores a través de los cuales crear una falsa situación de control de lo incontrolable, de seguridad. “Dentro de estos parámetros estamos bien”. Aparentemente.

Entonces ¿cuál es ese trío sano del que hablo? Bueno, hay personas -pocas- cuya mente sí está preparada para asumir con naturalidad ciertas cosas que para la mayoría son terribles, como ver a la pareja besar o tener relaciones con otro.

Y yo no juzgo ni una opción ni otra. Sólo advierto en lo que veo a muchas parejas que estando en un lado juegan a estar del otro. Y salen escaldadas.

Para que un trío funcione dentro de una pareja, debe ser siempre isósceles. Ambos deben tener una posición idéntica con respecto a su pareja y con respecto al tercero, quedando siempre este a merced de las aristas que los dos tracen desde su posición de poder. Si es escaleno, la actividad triangular no hará más que evidenciar la desigualdad y desequilibrio a la que se enfrentan los contrayentes. Y si es equilátero, ay, ahí ya hablamos de otra cosa…

En Se me pasa el arroz | ¡Atención #DRAMA! (o no)

2 thoughts on “La discordia del triángulo escaleno

  1. Lydia
    25 abril, 2013 at 9:58

    Más razón que un santo.

  2. marc
    25 abril, 2013 at 11:04

    prefiero que mi pareja esté con otro, sin tener yo que ver semejante espectáculo.

    por supuesto, después, bye bye!

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