Greta, mi amiga

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Se llama Greta, como la famosa actriz. Greta es un bobtail, una perra. Pero además Greta es un tigre, un pollito, una vaquita, un magro de cerdo y una fiera salvaje. Es un peluche y es un bebé. Greta es una bola de pelo pero, ante todo, ella es toda una princesa.

Y además de lo anterior, Greta fue mi compañera de piso y, por así decirlo, mi primer perro. Vale que yo no figuro en su microchip como dueño y papá del animal, pero ella sabe como yo sé que durante un tiempo fuimos familia.

Yo era de esas típicas personas a las que los perros no le gustan demasiado. De hecho, prefiero los gatos, sobre todo como concepto. Y por monos que sean los perros, nunca he tenido especial interés en tener uno, ni pasar mucho tiempo con ellos, y ni por asomo convivir en casa con un chucho. Y menos de las dimensiones de Greta. Yo era de los que se van corriendo a lavarse las manos segundos después de haber tocado un perro y le produce asco ver como algunos dueños dejan que les besen. Pero ella me cambió.

Sí, llegué a dejar que me diera besitos en las manos o incluso en el cuello, a ella le encantaba y yo me rendía con cariño resignado. Pero sobre todo me hizo quererla. No es difícil que Greta te conquiste con su gracia, su pelazo y las divertidas muecas que ganan a cualquiera que esté en una plaza por la que ella pase, pero yo hablo de más. Para mí Greta pasó de ser la perra de mi compañera de piso, un “algo”, a ser un miembro más.

Me explicaba Gera que los bobtail son animales muy familiares pero que, a diferencia de otras razas, jerarquizan a los miembros del hogar para tenerlos fichados. De este modo saben qué pueden pedirle y darle a cada uno, o si tienen autoridad para tener que obedecerles. Gera era, claro está, su madre y a mí me tocó el papel de compañero de juegos. Para Greta yo era otro cachorro de la camada, su amigo. Es por esto que no siempre me obedecía y que cuando le ordenaba que se bajase del sofá me miraba con cara desafiante antes de acatar. Y también por esto era a mí a quien más juegos reclamaba.

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Greta sabe lo que quiere, y por eso tiene claro su Top 3: Comer, Calle, Jugar.

Son sus tres cosas favoritas en el mundo. Siempre es tiempo de comer y le gusta casi cualquier cosa. Nosotros comíamos en nuestro piso en la típica mesa lack baja cuadrada, y como dejases el plato solo por unos instantes mientras ibas a la cocina a por sal podía desaparecer. Ella acechaba esperando su oportunidad. ¿Carne, yogur, fruta? Nada era prohibitivo para ella.

Salir a la calle era su siguiente cosa favorita. No sólo por llevar a cabo las necesidades fisiológicas que hasta las más refinadas señoritas tienen que hacer, sino por descubrir el mundo con sus enormes ojos negros escondidos bajo su flequillo. No dudará en saludar a todo el mundo y exigir alabanzas y caricias, y se empeñará en llevarte por donde ella estime oportuno tirando de la correa con fuerza. Probablemente te lleve a un lugar donde hacer su tercera cosa favorita del mundo: jugar.

Jugando en El Retiro una tarde de domingo, allá por 2011.

Jugando en El Retiro una tarde de domingo, allá por 2011.

A mí, por ejemplo, Greta siempre me conducía a una calle peatonal donde sabía que allí podíamos correr y jugar a la cuerda. Aquello consistía en que cada uno tenía un extremo de la correa, yo con la mano y ella con la boca, y tirábamos y la agitábamos. Ella gruñía y yo gruñía, fieros. Gráaaahhh, es su forma de imponerse. También le encanta saltar. Yo levanto la cuerda y ella intenta atraparla con sus fauces con un enorme impulso en el que llega a ponerse del mismo tamaño que yo. Y si llegábamos hasta Recoletos en el paseo no habría forma de convencerla de que no tocaba excursión al Retiro.

Esas son las cosas que más le gustan, y no olvidemos el orden, porque sus prioridades son claras. Ella acudirá a jugar contigo cuando haces sonar su hamburguesa de plástico o al perrito Pu, pero no si hay posibilidades a la vista de llevarse algo de comer al hocico. Olvídate de jugar si hay alguien en la cocina preparando la cena con posibilidades de que se le caiga al suelo, máxime aún si la chef es nuestra amiga Vito, a quien Greta conoce como “la inútil” por la facilidad que tiene para que se le caiga –muchas veces por torpeza y alguna que otra aposta– algún que otro trozo de comida.

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El suelo del piso de Barbieri estaba muy frío y ella prefería echarse la siesta en nuestro sofá.

Además de todo esto, Greta es una señorita miedosa que teme pisar las alcantarillas del suelo y a la que no le gusta la lluvia. Es muy tranquila –cómo sino un perro tan grande podría vivir en un piso- y también conciliadora y dispuesta a darte mimos si te ve triste. Le gusta ser el centro de atención, eso sí, y no dudará en plantarse en el medio de la habitación en la que estéis reunidos e incluso ladrará si ve que alguien le roba protagonismo. Por eso es por lo que le gustan tanto los mimos, que reclama dándote insistentes toques con su patorra de león.

Mas hay una cosa que no soporta: los perros negros. Jo, como la cabrean esos chuchos del demonio, así que sacará su lado más feroz de cruzarse con alguno. No todo iba a ser un paz y armonía, que ella no es ninguna hippie aunque a veces lo parezca. Es distinguida y no dejará a otros perros que le lleven la contraria, porque ella fue y será la reina de la Plaza de Chueca.

Ahora vive lejos de mí, y aunque sé que ella ha aprendido en su vida a decir adiós –o hasta luego- a personas importantes con las que vivió, a las que no olvida aunque siga adelante, y que no pensará en mí muy a menudo, estoy convencido de que nadie jugará con ella como yo. Porque éramos amigos y cachorros.

Bonus: En el siguiente botón podéis escuchar ‘Osa Mayor’, la canción que Gera le escribió a Greta: OSA MAYOR

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En Se me pasa el arroz | La locura salva

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