La parálisis del miedo

Estás despierto, de pie, inerte. Probablemente en mitad de la calle rodeado de un cientos de personas. Unos ríen y pasan tranquilos, otros corren con prisa tropezándose contigo y golpeándote. Pero tú no te puedes mover. Ni un solo músculo. Porque estás paralizado.

Tu cuerpo no responde. Tienes las manos engarrotadas y tu pie no acepta la orden que le envía tu cerebro de dar ese primer paso para reanudar el movimiento. Sólo puedes mover los ojos con los que miras el mundo, asustado, como un niño. Tu pensamiento, sin embargo, se agita a millones de revoluciones por minuto.

Qué, cómo, dónde, cuándo, quién, y sobre todo, por qué. Piensas en ello. Y cada pensamiento que debería funcionar como antídoto te inocula más veneno paralizador. Sientes como fluye por tu cuerpo y lo hace más pesado aún. Tienes miedo.

Pero, ¿qué es el miedo?, o mejor dicho, ¿qué nos da miedo?

Un tren a 300km/h viniendo hacia nosotros mientras nos sentamos en las vías no nos da miedo. Simplemente nos arrollará y nos matará. Y por eso nos quitamos de ahí, por lógica y sentido común. Nos apartaremos para no morir, pero no por miedo.

El miedo es otra cosa. Nos paraliza, nos engaña.

No tenemos miedo a las cosas, sino a nuestra exposición ante las cosas. A ellas no, a nosotros ante ellas. A la oscuridad de la que saldrá un monstruo que nuestra mente ha creado. A los espacios cerrados, a los espacios abiertos, a la soledad, a la gente, a que te hieran a ti.

A ti, no ellos.

Miedo al miedo. A caer al vacío. A un abismo que se abre entre tu pecho y tu espalda. Miedo, repito, a ti mismo. Mira hacia adentro, ¿y si el miedo no existe?

En Se me pasa el arroz | Del origen del amor a la individualidad

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