La vida sin vacaciones

Mi actual puesto de trabajo en el salón de casa. Foto mía sobre una foto de

Mi actual puesto de trabajo en el salón de casa.

Cuando tienes trabajo las vacaciones son toda una ilusión. Un motor que te ayuda a seguir día a día alentándote a ti mismo con un “ya queda menos” mientras dejas caer la mirada sobre las islas griegas que has puesto como fondo de escritorio en tu ordenador del curro. Y así, trabajar es lo que pasa entre periodos vacacionales. Entre puente y puente, Semana Santa y verano, y los turrones de Navidad.

Las vacaciones, y sus consecuentes viajes o periodos de descanso, marcan el pulso del año más aún que las estaciones que les acompañan. El verano no es verano sin vacaciones, playa, montaña, bronceador, sol, aviones y chanclas. Ni pasa un invierno sin comerse las uvas frente a Anne Igartiburu.

Pero, ¿qué sucede cuando no tienes trabajo y, por tanto, no tienes esos periodos de espera a las vacaciones? Habrá gente que piense que no tener trabajo es lo mejor que te puede pasar porque es como estar de vacaciones. “Qué bien vives que no tienes que ir a trabajar”, te dicen. Pues no.

Cuando no tienes trabajo, además de no tener dinero que derrochar, no sientes que merezcas nada de lo que gastas, menos aún unas vacaciones. Ese “me voy a Punta Cana porque me lo he ganado” no existe si ni siquiera aspiras a comprarte un champú caro porque-yo-lo-valgo. Independientemente de si tu situación financiera es ahogada o tienes un colchón gracias al cual respirar, si tienes algo de responsabilidad en tu cabeza no te dejará disfrutar el paro.

“Si yo me quedase en paro aprovecharía para…” es una frase que oirás frecuentemente. Unos te dirán que aprenderían idiomas, otros que cocina o taichí, otros que irían al extranjero… Pero no deja de ser una ilusión. La de vivir sin trabajar. Ocioso, relajado. Y relax es precisamente lo que no tienes cuando estás en paro. No vives tranquilo cuando sientes que cada euro que gastas no lo mereces porque no eres productivo. Así que si gastar en comer o cualquier otra necesidad básica ya se te hace cuesta arriba, imagina viajar y darse a otros placeres.

Sin embargo, como la situación no mejora en un periodo medio-corto, y tampoco hay visos de que vaya a hacerlo en breve, te das cuenta de que no puedes vivir como un asceta y te permites respirar de vez en cuando. Una caña por aquí, una escapadita por allá, una cenita con amigos después… Intentando olvidarte por un rato de esa precaria situación en la que estás, aunque en el fondo nunca lo disfrutas al 100% porque no deja de sonar en tu cabeza esa vocecilla de culpabilidad.

Atrapados en esta situación, los que no tenemos trabajo no podemos recrearnos de las vacaciones como correspondería pero tampoco disfrutamos el paro como si un periodo de reflexión o descanso fuese. Las vacaciones son para quien trabaja. Y así, los alegres días que para el resto son no laborables, para nosotros son el hiriente recuerdo de que seguimos sin trabajo. Otras vacaciones más.

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