Shareaddiction: ¿somos adictos a compartir en las redes sociales?

¿A quién le da miedo ir solo al cine habiendo redes sociales?

¿Quién teme ir solo al cine teniendo redes sociales?

Una de las consecuencias del trauma post ruptura sentimental es la sensación de vacío que te queda cuando vives interesantes experiencias que ya no puedes compartir con tu pareja. No sólo era tu paño de lágrimas o consuelo, solías contarle ese grupo de música tan genial que acababas de descubrir, el interesante documental de lémures que te habías tragado en un acto de culturetismo o la extraña situación acontecida en el metro cuando un señora entró con un niño Jesús de escayola en un carrito de bebé (verídico). Todo tomaba un valor mayor cuando los estímulos recibidos y digeridos por ti eran lanzados contra el otro para su disfrute, pero sobre todo para el tuyo al ver la pelota volver. Lo que tenías que contar producía interés, lo que vivías tenía un valor.

Ahora nadie atiende, nadie recibe y mucho menos nadie replica. ¿Para qué ir al cine si no tengo con quién comentar la película? ¿cómo me voy a ir de viaje si no puedo compartir anécdotas con otro? ¿me producen la misma sensación los atardeceres? En definitiva, ¿qué sentido tiene ahora experimentar? Haya un otro o no, es para ti mismo para quien tienes que experimentar. Tu vida vale el valor que tú le das, pero eso pocos pueden entenderlo.

Luego vemos que fuera del contrato de atención que es la pareja existen otras ovejas desparejadas intentando formar rebaño. Una masa, a veces difusa y otras endogámica, que abraza tus historias, las agita y las atiende, siempre que no vengan enlatadas en más de 140 caracteres. Porque hoy día nadie escucha más de unos segundos.

Y así comienzas a compartir tu día a día con extraños, en tu transgresión voluntaria de tus límites personales que no es nociva por el atentado a la propia privacidad que supone sino por el morbo que te genera. Los 15 minutos de fama de Warhol transmutados en 26 corazoncitos de una gratuita foto tuya con el torso desnudo.

¿Somos hoy día capaces de vivir sin alzar la voz a través de las redes sociales en busca de un feedback que dé sentido a nuestra experiencia vital? Y sobre todo, ¿cuánto hay de genuino en el mensaje que lanzamos al mundo y qué importancia tiene para nosotros ese mensaje de vuelta? ¿Fagocita lo real?

La gente en las redes sociales es un 43% más guapa que en la realidad, cuatro quintas partes más atenta y tres cucharadas soperas colmadas más íntegra. En su vida real se lo pasan un 77% menos bien de lo que parece en sus actualizaciones. El sentido del humor y la elocuencia, afortunadamente, no son tan fácilmente maquillables. En definitiva, la gente es un 69% menos feliz de lo que parecen compartir. Son cifras orientativas totalmente inventadas por mí sin el aval de ningún prestigioso instituto sociológico-estadístico belga, pero se me antojan muy atinadas.

¿A que os da envidia del muñeco? Pues ni existe.

¿A que os da envidia del muñeco? Pues ni existe.

He estado en desoladoras reuniones en las que cada uno miraba su smartphone atendiendo a los comentarios e historias de terceros que no estaban presentes, cada uno inducido en un coma pseudo-informativo que le alejaba de la escena que estaban viviendo en el presente. Muy triste. Y me he enojado. ¿No deberías prestar más atención a quien tienes delante, presunto amigo, que al desconocido de tu pantalla?

He vivido, también, escenas en las que fabricar un recuerdo artificial ha sido toda una cuestión. Una foto, treinta pruebas hasta encontrar la pose perfecta favorecedora para todos, miles de filtros a elegir con el debate de si nos favorece más el brillo o la saturación. ¿Y el momento que representa la foto? Se esfumó entre dimes y diretes. No vale subir una imagen de un instante que no viviste de verdad, es como comprar un souvenir de una ciudad en la que no has estado.

He presenciado, incluso, como momentos de charla y distensión eran cortados para ver a tiempo real cómo los likes y los comentarios se sucedían. Qué dicen los demás de lo que estamos haciendo que, en realidad, no estamos haciendo. Vivir de lo que los demás piensan que vives en vez de vivirlo.

Strike and share a pose. Una raya muy peligrosa a cruzar.

Compartimos los viajes en Facebook, los gatos en Instagram, las cenas en Foursquare, las películas en Filmaffinity, los episodios en Gomiso, los comentarios ocurrentes en Twitter, el porno emocional en un blog como este… ¿Y qué nos quedamos para nosotros?

Las miradas, los besos, mi sonora carcajada y esa leve sonrisa tuya. Lo que siento de verdad por ti. Todo eso me lo guardo en mis adentros en una cajita de vísceras.

En Se me pasa el arroz | Yo te stalkeo, tú me stalkeas

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