#34 Visitar As Illas Cíes con Nayin

    Foto al final del día, despidiéndonos de Cíes con la Playa de Rodas de fondo.

Foto al final del día, despidiéndonos de Cíes con la Playa de Rodas de fondo.

Hace ya un año (y diez días, para ser exactos) que cumplí una de las Cosas que hacer antes de los 30 y todavía no había hablado de ello. Imperdonable. Fue el pasado mes de agosto cuando viajé a las Islas Cíes, en Vigo, y lo cierto es que mereció mucho la pena, pues desde entonces las Cíes se convirtieron en uno de mis lugares favoritos de Galicia, si no el primero. Como ya comenté, cuando creé la lista muchas de las cosas que en ella aparecen fueron propuestas por mis amigos. Y ésta en concreto, escrita por Nayin, tenía la particularidad de ser la única que quien la propuso incluía la cláusula de que la hiciese en su compañía. Así es Nayin para estas cosas. Así que era obligado cumplir la #34, Visitar As Illas Cíes con Nayin.

Yo no soy muy de playa. Bueno, en realidad sí. Me explico. A mí lo que no me gusta es la masificación, las sombrillas y las hamacas, la señora gritando al niño para que venga a comerse el tupper de tortilla, el señor con el transistor, las chonis hablando a gritos… Yo cuando voy a la playa quiero dos cosas: mar y tranquilidad. No pido tanto. Plantarte frente a esa inmensa cantidad de agua, notar el viento, escuchar cómo rompen las olas… Eso sí. Y precisamente Cíes ofrece esto, un paraíso no masificado –está controlado el número de turistas que entran y salen de la isla cada día- en el que relajarse y disfrutar de la naturaleza.

La llegada en barco.

La llegada en barco.

Cogimos el barco en el puerto de Vigo a las 10:45 y no hacía especialmente buen día, la niebla cubría el mar que debíamos atravesar para llegar hasta las Islas Cíes. Yo llevaba una camiseta amarilla chillón que me regalaron hace tiempo que como es anchita es cómoda y él bañador verde en una combinación bastante espantosa por la que Nayin estuvo riéndose de mí durante toda la mañana. Cuando pisamos la isla principal de Cíes parecía que no sería buen día de playa, pues el cielo estaba cubierto de nubes, había bastante humedad en el ambiente e incluso soplaba una brisa fría. La vista, al menos, era preciosa. Nada más bajar del barco nos encontramos con la extensa playa de Rodas, nombrada como la mejor playa del mundo por The Guardian, y no es para menos.

Decidimos aprovechar el tiempo haciendo una de las rutas de senderismo que nos propusieron en la caseta de información de la isla, en concreto la Ruta del Faro. Son como 3 kilómetros y medio de paseo en los que vas subiendo poco a poco al principio y luego pendientes más pronunciadas hasta llegar al susodicho faro que está bastante alto. Por el camino vimos el lago, que es una reserva de animales en la que puedes ver perfectamente muchas especies desde el borde gracias a que el agua es cristalina, pasamos cerca el camping, subimos hasta el mirador de avistamiento de pájaros, y ya por fin llegamos hasta el faro desde el que ese día las vistas no alcanzaban muy lejos por la enorme bruma. Nos llevó hora y pico llegar hasta allí, y tras descansar un poco, tomarnos unas galletas para reponer fuerzas y echarnos crema para no torrarnos hicimos el camino inverso para volver a las playas.

Buscando peces en el Lago.

Buscando peces en el Lago.

Acantilados cerca del observatorio de aves.

Acantilados cerca del observatorio de aves.

Subida al faro.

Subida al faro.

Para el medio día ya estábamos otra vez en la playa y el sol por fin hizo su aparición. Nos fuimos a la playa de Figueiras, donde pasamos el resto del día bañándonos y tirados en la arena. Y mira que me eché crema, pero aún así acabé rojo como un salmonete, porque según dicen el sol en Cíes pega más fuerte que en la costa de Vigo. Y el agua está más fría también, doy fe. Fría no, helada. Y aún así me bañé un buen rato como un valiente. Merecía la pena nadar por esa agua cristalina. Figueiras es la mejor playa en la que he estado. No hay nada construido por el hombre allí: ni duchas, ni chiringuitos, ni paseo marítimo. Hay poca gente, sin sombrillas, y con un ambiente muy tranquilo. Allí se va a estar en plena naturaleza y esa paz se agradece mucho.

Vista de la playa de Figueiras.

Vista de la playa de Figueiras.

Prueba de que me bañé.

Prueba de que me bañé.

Ya se sabía que antes o después, una foto mía desnudo llegaría a la red.

Ya se sabía que antes o después, una foto mía desnudo llegaría a la red.

Dejando atrás la playa.

Dejando atrás la playa.

Ese día comimos una empanada que nos habíamos traído de un mercado de Vigo. Yo me comí la mía del tirón, pero Nayin decidió guardarse la mitad para luego y cuando nos fuimos a bañar una astuta gaviota dio cuenta de un buen festín con ella. Estuvimos también haciéndonos fotos –quitándonos fotos, según el habla gallega de mi amigo- y ya a eso de las seis y pico nos volvimos para coger el barco de las 19:30, no sin antes parar en la terraza del único bar que hay en la isla –junto a la zona de embarcar- para tomarnos unas Estrella Galicia bien fresquitas.

Y para acabar el día gallego con sabor a mar, fuimos a la marisquería Rias Baixas de Vigo a que me tomase la primera mariscada de mi vida. Y he de confesar que algunas cosas no me entusiasmaron. Lo más normal, las gambas y las almejas me encantaban, mientras que la ostra que podría ser lo más raro no me desagradó, pero en general no entendía bien por qué aquella comida sabía tanto a agua de mar –se supone que eso es señal de lo fresco que es- y tampoco soy yo muy fan de la comida fría. Así que la mayor parte de las nécoras y del buey de mar quedaron para Nayin.

Un día inolvidable, sin duda. La próxima vez, a Ons.

En Se me pasa el arroz | Mi lista de Cosas que hacer antes de los 30

Deja un comentario