El día que murió Lady Di

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Mantenga la distancia de seguridad en cada situación. Tres metros ante el acantilado, quince centímetros ante unos labios viperinos y dos segundos ante el coche de delante. Porque se tarda un segundo en reaccionar y en otro podemos recorrer más de 20 metros, según la velocidad a la que vayamos.

Pasaban veintitrés minutos de las doce de la noche cuando el Mercedes Benz S280 de matrícula 699LTV75 giró bruscamente y chocó contra la decimotercera columna del túnel situado bajo la Plaza del Alma de París. Fundido a negro. Desperté en aquella calurosa mañana. Bajé al salón y me hundí en el sofá aún con los ojos cerrados del sueño. Los programas del corazón habían hablado de ella durante todo el verano. Era el personaje del momento, sabíamos cada paso que daba. Mi padre vino y me lo contó: Se ha muerto Lady Di. Silencio. ¿Cómo?. Me dio la sensación de que aquella noticia era un triple tirabuzón en la historia más apasionada del papel cuché, ¿y ahora qué? ¿qué será lo próximo?, pensé. Ahora nada. Un peso enorme cayó desde mi espalda hacia mis pies y me impidió levantarme en un buen rato. Nada más. No hay más giros en la historia. No hay vuelta atrás. Aquel día de fin de verano puso fin también a parte de mi inocencia y dio paso a un tormento que me perseguirá durante el resto de mi vida. Mi propia mortalidad.

El azul siempre fue mi color favorito, como el cielo, ese que nos dicen que existe cuando dejamos nuestro cuerpo. Cuando la vida se para. Ese azul tan grande que se nos escapa, como lo hace la vida. Día a día. Hacía diez años que llevaba en este mundo cuando aquel Mercedes Benz S280 de matrícula 688LTV75 chocó contra la decimotercera columna de aquel túnel en París y rompió algo en mí. Nací el cuarto mes del año, cuando no hace ni frío ni calor, diez años antes del fallecimiento de Lady Di, pero no puedo decir cuántos antes de mi muerte. Y eso me ahoga. No por no saber cuándo pasará, eso nunca me ha atemorizado. Ni el cuándo ni el cómo. Me ahoga la certeza de que algún día estaré muerto. Y no sé si dos segundos serán suficientes para reaccionar antes de que el mundo se funda a negro.

Foto: Leandro Kibisz

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