El legado del borrego

el legado de tibu borrego

“¡Beeeeeeeeeeeeeeeeeeeee!” / Foto: Eduardo Gaviña

Hay modas que no comparto y otras en las que sí entro. En general, no me gustan las modas que se siguen sin criterio, porque no queda otra, y menos aún cuando éstas denotan falta de originalidad y ciertas cuotas de estupidez. Es el caso del Legado de Tibu. Probablemente a estas alturas ya suena hasta añejo hablar de ello, pero precisamente por eso es el momento de hablar de ello.

Para quien le pille despistado sin saber qué es eso del Legado de Tibu, lo resumo muy sencillo: se puso de moda “retar” a un amigo a lanzarse agua muy fría (o bañarse en un río, una fuente pública con ropa…) y si no se hacía había que pagar una mariscada a quien te retaba. Y después había que publicarlo en redes sociales. Eso derivó en otra variante que era retar a los amigos de Facebook a publicar una foto de la infancia, que ya ves tú qué reto… En resumen, el Legado de Tibu era una invitación a hacer el jackass y luego subirlo a internet. Porque otro te lo proponía.

La primera vez que lo vi me hizo cierta gracia. Horas después me llegaban montones de vídeos de unos y otros haciendo lo mismo. Adiós originalidad. Y me pregunto, ¿por qué ninguna de estas personas que se han entusiasmado haciendo su Legado de Tibu no habían pensado hacer algo así antes, sin que la idea les llegase por una moda? ¿por qué no han pensado su propia manera de hacer el gamba y pasárselo bien? ¿es necesario participar todos de lo mismo para formar parte del grupo? ¿por qué no hacer otra cosa diferente, un qué, un cuándo y un cómo que surja de nosotros? Yo me bañé en una fuente pública hace un par de años, en las fiestas de Pontevedra, sin que nadie me retase ni por complacer a nadie, sólo por diversión. También hago cosas chachis de mi lista, porque me apetece.

No quiero ir tampoco de outsider, porque todos estamos expuestos a modas e inputs de la sociedad de la que formamos parte, y todos asumimos unas ideas u otras. Pero también tenemos en nuestras manos eso que conocemos como criterio.

Por poner otro ejemplo, recorro las tiendas de ropa este año y sólo encuentro dos tipos de camisetas, las de estampados de palmeras y las que tienen una foto rectangular con un paisaje de playa o ciudad en tonos violáceos y anaranjados. En todas las tiendas. Y claro, lo lleva todo el mundo. Toda la gente en la calle, todos los instagramers cercanos. Y es un rollo porque la novedad se convierte en tedio, un diseño bonito en cansino. También pasa mucho, sobre todo por Twitter, con expresiones pretendidamente graciosas que se extienden y hacen que, de repente, todo el mundo hable igual. Como aquella del “es bien”. Hartura.

Como digo, todos estamos expuestos a los condicionantes sociales, pero desde nuestra individualidad debemos actuar como filtro. Ese acto de negociación con el entorno, de quedarte unas cosas y dejar pasar otras es lo que nos hace ser diferentes unos de otros, pero es la creación y la originalidad la que nos convierte en únicos.

En Se me pasa el arroz | Shareaddiction: ¿somos adictos a compartir en redes sociales?

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