Veintiocho (Cosas que hacen que te sientas viejo llegando a la treintena)

alvaro onieva

“Hazme una foto así como si mirase al infinito casual”

Otro 20 de abril y ya van tres en este blog. No, no hemos venido a hablar de la cansina canción de los Celtas Cortos, estamos aquí reunidos para hablar de mí. Definitivamente, se me pasa el arroz. Y ya no es una bobada dramática para dar título a este blog, es toda una realidad. Me hago viejo. Los 30 están cada vez más cerca y, además de quedarme mogollón de cosas de la lista por tachar, noto como los años se apoderan de mí, o si ya sois treintañeros y queréis leerlo de forma más amable, el tránsito hacia otra etapa vital.

De unos meses a esta parte, me he sorprendido a mí mismo con un pensamiento recurrente: vuelves a casa un viernes o sábado a eso de las doce de la noche y ves a unos chaveas haciendo botellón, encamisados y entaconadas, para salir de fiesta y piensas “qué pereza, menos mal que voy ya para casa”. Y llegas y te duermes. Un fin de semana. Pronto. Porque has decidido que mañana, sábado o domingo, vas a madrugar. Sí, es el principio del fin de la mocedad. Un cambio que no tiene por qué ser a peor y que además tiene otros muchos síntomas.

Lo de abstenerte de salir los fines de semana y sentir hasta estupor de quienes sí lo hacen no es tu único pensamiento viejo-paternalista con respecto a la muchachada, ahí va otro: paso por delante de los gótico/heavies/whatever que se congregan en Plaza de España y pienso algo así como “míralos, lo que hacen por encajar y encontrar su sitio en la vida, qué equivocados están…”. Probablemente lo hagas incluso en chándal o sin peinar, comportamiento impensable hace unos años que ahora sí te permites de cuando en cuando.

Tampoco es que seas monja de clausura, solo que prefieres salir un poco antes y, sobre todo, no beber. Soy capaz de divertirme igualmente sin alcohol y las resacas son cada vez más mortales. O te dejas un ibuprofeno y agua en la mesita de noche o estás acabado. Cada vez los planes de discoteca te parecen menos atractivos respecto a hacer una fiesta en casa, donde en lugar de quemar las listas de novedades de Spotify (hasta hace dos semanas escuchaba música en Youtube en vez de Spotify) te gusta poner canciones de cuando eras más joven y siempre te vienes arriba con las Spice. Muchas de las canciones que pones son de la década de los 90. Sí, ni de esta década ni de la anterior, lo que nos lleva a pensar: he vivido en cuatro décadas diferentes. TERRORÍFICO.

Un fin de semana en casa es un plan genial (realmente para mí siempre lo ha sido), aunque a favor de mi juventud he de confesar que aún no me ha dado la histeria de madrugar los fines de semana para limpiar. Sigo alargando la jornada en la cama hasta la hora de comer si hace falta.

Otra cosa que ha cambiado con el tiempo es mi relación con la comida. Hace años, no tantos, decía “si existiese una pastilla que sustituyese la comida con todos sus nutrientes, la tomaría”. Comer era algo aburrido y rutinario, y salvo gochadas tipo pizza ir a cenar no me producía mucho interés. Es más, no entendía cómo la gente prefería gastar dinero en comer en vez de comprar cosas materiales tipo ropa, que duran más. Ahora es al revés. En lo que prefiero gastar el dinero es en ir a cenar fuera y comer bien. Y hasta como cosas tipo pimientos o setas.

Sin embargo, esto ha venido acompañado del cambio de metabolismo (desde hace ya un par de años) que me ha hecho pasar del “come lo que quieras que no engordas” al “pareces delgado pero, ¡oh, qué barriga!”. Aprendes a diferenciar entre lo que puedes comer a mediodía y lo que puedes comer por las noches (prácticamente nada). La pasta ya no es opción de cena y cada vez compras menos esos sobres de tallarines con queso que antes te parecían tan socorridos. Eso sí, todavía no he entrado en el drama de el-tomate-que-sabe-a-tomate.

Dormir pasa del sumo placer perezoso a pura necesidad. Si duermes poco o mal una noche, el día entero se te trastoca. Y lo peor, ya no te reseteas igual. Antes dormías y tu organismo volvía a estar como nuevo, pero ahora no es raro levantarte con dolor de cualquier músculo que ni siquiera has movido. Entramos en la era de los achaques de viejo. Hace unas semanas me dio un dolor de espalda sin venir a cuento al levantarme del sofá.

Encima, la gente de tu edad se casa y tiene hijos. Y empiezas a conocer gente que no ha conocido las pesetas, que hace grados en vez de licenciaturas o que nunca usó el Messenger o la Encarta.

Yo, al menos, me he encaminado laboralmente durante este último año, así que tampoco me puedo quejar. Leo lo que escribí en mi 27 cumpleaños y veo que he avanzado. Sí, ésta es la parte del artículo en que refuerzo la idea de “envejezco pero no estoy tan mal”. De hecho, estoy en mi mejor momento. Creo que la palabra clave que me propuse el año pasado, valentía, la he trabajado bien; así que iré por otra. Este año será disfrutar. Porque a veces, entre tanto esfuerzo por conseguir cosas se olvida uno de tomarse ese momento para sí mismo en el que sólo está disfrutando por disfrutar.

Ya me queda menos para acabar con los braquets, el pelo parece que ha frenado su caída y no peligra, he vuelto al gimnasio y me veo más guapo que nunca. Es momento de seguir adelante y disfrutar el camino. Los 28 van a molar.

P.D. Oficialmente tengo 28 y aparento 24.

One thought on “Veintiocho (Cosas que hacen que te sientas viejo llegando a la treintena)

  1. marc
    23 abril, 2015 at 19:50

    Me identifico TANTO con todo. Excepto en que cada día estoy más guapo. Pero bueno, thank God eso está en mi mano… Sí, el gimnasio aún es asignatura pendiente…

Deja un comentario