De cómo aprendí que hay que echar gasolina antes de apurar la reserva

la mochila de mamá

Los GPS son unos cachivaches peligrosos, tentar la suerte lo es más. Es la enseñanza que me queda del viaje de vuelta desde Plasencia de este finde junto a Marta de La Mochila de Mamá (que es más de trolley que de mochila y no es madre ¡estafadora!). ¿Sabéis esas veces en que apuras el tiempo de antes de salir de casa, no porque estés aún arreglándote sino por ninguna razón aparente, y luego vas justísimo de tiempo a dónde has quedado o a coger un tren? A mí me pasa mucho y, por lo visto, a Marta le pasa algo parecido con apurar la reserva de gasolina.

Después del Travel Bloggers Meeting, un evento de blogueros de viaje que este año se realizaba en Plasencia, quedé con Marta en la Plaza Mayor para tomarnos una cocacolita fresquita y partir de vuelta hacia Madrid en su coche. Teníamos por delante dos horas y media de viaje en las que hacer balance (a.k.a. rajar) del fin de semana. Google Maps nos indicaba el camino, y no tengo muy claro cómo nos metió en una carretera dirección Salamanca. ¿Nos troleó Maps? ¿se pasó Marta de salida nublada por el éxtasis de mi conversación? Nunca lo sabremos.

El caso es que nuestro camino se torció hasta pasar por la circunvalación salmantina, desde donde avistamos la silueta de sus grandiosa(s) catedral(es), y proseguimos el  viaje ahora convertido en ruta por España. Allí fue cuando le saltó a Marta el chivato de la gasolina. “En la siguiente gasolinera que veamos paramos y picamos algo”, dijo al pasar por una en la que prefirió no parar. Lo que no sabíamos es que en la carretera de Salamanca a Madrid NO hay gasolineras. O no las vimos.

La aguja comenzó a bajar y bajar, y las bromas de “tú verás como nos quedemos tiramos” se tornaron en un color blanco pánico en la cara de Marta cuando el puntero estaba en el rojo más bajo. “Ay, Álvaro” me decía constantemente y yo intentaba tranquilizarla explicando que cuando la aguja se pone a cero aún queda bastante gasolina, que lo hacen así para que la gente no apure demasiado, algo que creía, quería creer, pero no estaba seguro del todo. Pasamos delante de Ávila, muy bonita de lejos. Recorrimos 40 kilómetros a 80 por hora para consumir menos combustible. Ahí debería haber recordado todos esos consejos para reducir el consumo de carburante que aprendí llevando las redes sociales de Vialider, pero en aquel momento de estrés no venían a mi mente.

Googleamos gasolineras y, en teoría, había una en el kilómetro 89. Fuimos contando agónicamente: 94, 93, 92, 91, 90… 89 Y NADA. No estaba. Nos acercábamos al peaje: “seguro que al entrar o salir hay una gasolinera” dije. Tampoco. Mejor salimos del peaje y buscamos un pueblo. Nos cobran 2,35€ por los metros que tardas en entrar y salir. Googleamos de nuevo y había una en Villacastín. “Como paremos igual no vuelve a arrancar” decía Marta cada vez más fatalista. Me cuenta que esto ya le ha pasado otras veces y trago saliva. Pienso: “esta es la típica situación que luego se convierte en anécdota pero que cuando la estás viviendo no tiene ni p*** gracia”. Cierto.

La gasolinera no estaba donde se suponía, preguntamos a una chica: “está muy cerca, subid por esa carretera y llegáis”. Respiramos un poco. “Adiós” dice mientras nos alejamos dándole las gracias sin parar el coche. La carretera es en cuesta y se hacen los 1.000 metros más interminables de la historia. La boca seca, Marta más pálida aún y yo rezando por no ir el “toc, toc, toc” del motor que imaginaba que anunciaría el fin de la gasolinera.

Llegamos, gritamos y nos abrazamos. ¡Conseguido!

Nos ponemos en marcha hasta el siguiente pueblo buscando reincorporarnos a la autovía. Mientras lo atravesamos, me dice ella que en el siguiente pueblo o área de servicio que veamos paramos a cenar, “mejor para ahí que hay una pizzería” digo mientras pienso “que como pase lo mismo que la última vez que has dicho eso cenamos hoy arroz a banda en Valencia”. Y así es como terminamos cenando pizza de jamón en San Rafael de El Espinar un domingo, dos horas después de la hora prevista de llegada. En total, en vez de 2 horas y 20, tardamos 4 horas y media, pero ¡y lo que nos reímos!

Nuestro recorrido aproximado.

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