La importancia de las palabras (y los palabros)

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Las palabras son el material con el que construimos las ideas, los conceptos, todo nuestro universo abstracto. Todo aquello que no está hecho de metal ni madera, que no tiene una carga de electrones y que, en buena medida, conforma la matriz de nuestra evolución, se ha realizado usando palabras como material.

Y es por eso que el léxico y la gramática son tan importantes a la hora de definir nuestro mundo. Si no existen términos para algo, es imposible que algo exista. Del mismo modo, lo que hablamos y escribimos, es. De ahí que surja un constante debate sobre el lenguaje para hacerlo más inclusivo y menos discriminatorio. Más positivo. Un ejemplo: el lenguaje no sexista, tan defendido por unos como despreciado por otros.

Hay quienes intentan usar las palabras en general y su mayor institución académica en español en particular, la RAE, como herramientas de ralentización del progreso social. “Según la RAE, tal palabra significa que… y no que…” es un razonamiento que seguramente hayáis podido escuchar o decir alguna vez. La RAE dice esto y no hay más que hablar. Valiente falacia en nombre de los guardianes de las letras.

“Fija, limpia y da esplendor” es el lema de la Real Academia Española. Más allá de lo cómico que suena si nos lo imaginamos como eslogan de una marca de quitagrasas, la RAE hace con esta frase toda una declaración de intenciones. Su cometido no es el de aferrarnos al uso más arcaico del lenguaje (¿no te has preguntado por qué ya no hablamos en castellano antiguo o por qué la propia RAE desaconseja términos admitidos pero caducos?) sino el de reflejar la corrección del lenguaje del momento presente.

El lenguaje pertenece a la sociedad y la RAE lo fija, limpia aquello obsoleto y hace que brille con esplendor. Por eso la RAE nunca será rémora del cambio, pues está tan abierta a él como lo esté la gente. Hace años no podíamos decir que algo era “guay”, desear un “pechamen” y había quien defendía a capa y espada que “matrimonio” significa “unión entre hombre y mujer”. Consultad el diccionario ahora.

Volviendo al tema del lenguaje sexista, no hay que perder de vista que el lenguaje que tenemos es heredado de sociedades anteriores y que, como estas, pone en evidencia la fuerza del patriarcado como sistema social desigualitario. Por poner unos ejemplos simples: ¿por qué “un zorro” es una persona muy astuta y “una zorra” es una puta? ¿por qué lo divertido es “la polla” y algo aburrido es “un coñazo”? Pero sobre todo, ¿por qué si hay cien mujeres y un hombre serán siempre “los trabajadores” y no “las trabajadoras”? ¿tan mal se sentirá el hombre de ser identificado como uno más de sus compañeras y, sin embargo, al resto de señoras les debe parecer maravilloso ser cambiadas a pesar de ser mayoría aplastante?

Sí, es cierto que la gramática actual indica que el masculino plural representa a un grupo de hombres como a un grupo en el que indistintamente hay hombres y mujeres, mientras que el femenino implica solo a mujeres. ¿No veis algo de invisibilización de la mujer en esto de que si hay algún hombre ya se use el masculino? ¿en que solo la mujer toma valor cuando está separada? ¿en que lo general, lo abstracto sea masculino mientras que lo femenino indique algo específico? ¿no hace que, muy sutilmente, el mundo sea un poco más de los hombres que de las mujeres?

Quizás la solución no sea la de usar en cada frase el término masculino y femenino, pues es embrollo que va en contra de la economía del lenguaje. Quizás el uso de la x en sustitución de la vocal (todxs lxs ciudadanxs) sea solo un apaño temporal que cae por su propio peso a la hora de pronunciar, cuando irremediablemente debemos elegir la “a” o la “o”, o cualquier otra vocal. Y por los clavos de Cristo que nadie proponga el uso de la maldita @ fuera de una dirección de un correo electrónico. Pero tampoco podemos decir que lo que hay es lo que hay, y punto en boca. Tal vez sí necesitemos un plural verdaderamente neutro, que no sea masculino ni femenino. Y puede que ahí empecemos a entender, incluso, la posibilidad de la existencia de un tercer género o de la ausencia de géneros.

No obstante, y mientras se encuentra una solución al asunto, entiendo la posición de quienes nombran el sustantivo primero en masculino y luego en femenino. No es cuestión de gramática sino de discurso. Así, cuando una política habla a “los andaluces y las andaluzas” o cuando un profesor se dirige a sus “alumnas y alumnos” puede estar incurriendo en un error de economía de lenguaje pero está lanzando un mensaje de inclusión e igualdad.

Entiendo que en determinados asuntos no será necesario -sí, es un tostón leer un texto lleno de palabras y palabros en el que los sujetos se multiplican como los panes y los peces- y si es con intención de imprimir documentos no queremos acabar con el Amazonas. Pero aún podemos hacer algo que sea un pequeño cambio. Desde buscar términos sin género (los espectadores y las espectadoras = el público o la audiencia; los ciudadanos y las ciudadanas = la ciudadanía, la gente) hasta aceptar los hombres el hecho de que ser incluidos en un plural femenino (las amigas) no nos cercena el miembro viril. Pero sobre todo, podemos ser conscientes de que esta no es una cuestión baladí y reflexionar sobre ello, porque quizás sí hemos heredado un lenguaje machista que hay que cambiar.

La economía del lenguaje es a veces necesaria, pero las palabras que decimos, hasta donde yo sé, son gratis.

Imagen del artículo: fragmento del cartel de la película ‘La vida secreta de las palabras’. No guarda relación con este tema.

One thought on “La importancia de las palabras (y los palabros)

  1. 18 marzo, 2016 at 17:02

    Terreno pantanoso este. Todo depende de la óptica con que lo mires. Del mismo modo que puedes entender que “cambias de sexo” a las mujeres por incluírlas en el “todos” puedes entender que son los hombres los que no tienen una palabra que los “identifique” en tanto que nunca sabrás si en ese “todos” van solo hombres o hombres y mujeres (como si hiciese falta tal distinción… pero supongo que entenderás lo que quiero decir).
    Como bien dices, los significados de las palabras no son inamovibles. Evolucionan con la sociedad como herramienta social que son. Las palabras no significan, sino que somos nosotros los que le damos significado. Por eso, aunque entiendo la buena voluntad de los que usan el “todos y todas”, no acaba de convencerme que, precisamente hacer tal diferenciación sea el camino.
    Para mí, conquistar el “todos” para que represente indistintivamente a cualquier grupo de seres humanos es el primer logro que debemos alcanzar. Para vencer al enemigo, debemos invadir su territorio.
    Además, no debemos olvidar que el “todos y todas”, como hasta quien lo utiliza sabe reconocer, es un lastre a la hora de que el lenguaje transmita con efectividad y rapidez el mensaje (que es su misión). Tendemos a acortar tanto frases como palabras y mi miedo es que en el “todos y todas” acabe pasando lo que suele pasar en nuestra lengua: que se corte por el final. Volveremos igualmente al “todos”, pero sin haber cambiado su significado.